jueves, 20 de julio de 2017

Utopía (fragmento de una novela en crecimiento...)


Luego de asegurarse que todos sus compañeros habían logrado salir de la encerrona, corrió con todas sus fuerzas hacia la avenida Libertador. Era algo más de cien metros, lo sabía, lo habían planificado. Sin embargo ahora le parecía una distancia infinita. Corría al ritmo de su corazón, corría a más no poder. Había vaciado la mochila contra uno de los autos de la maldita oligarquía asesina de animales pero en la huída la mochila comenzaba a pesarle, a molestarle y pensó en tirarla por ahí, entre los árboles de la plaza. Pero se arrepiente, sabe que si la encuentra la policía está listo, lo agarran en un par de días. Entonces corre, corre y por un instante está a punto de suplicar, de pedirle a Dios que no lo atrapen, que no le exploté el corazón. Pero se controla, intenta calmarse. A sus espaldas ha dejado un pequeño infierno de fuegos, gritos y sirenas policiales que en pocos minutos los portales de los principales diarios titularían con letras catástrofes: Vándalos atacan la Sede de la Sociedad Rural en Palermo.
 Agustín corre, corre. Agustín, el lobo, corre y piensa en sus hermanos, piensa en la Sole que dio su vida en Italia por la vida del planeta, de las plantas y los animales… Agustín corre y mientras corre comienza a llorar… llora por la injusticia, llora porque sabe, siente que su lucha es infinita, es total. Si ganan salvan no solo a los animales, no. Salvan al mundo, porque si logran hacer entender que la vida de todos los animales es igual de sagrada que la vida de cualquier hombre o mujer, el mundo está salvado…

¡Sole! Grita en su carrera enloquecida. ¡Sole! Nunca te olvidaremos. Casi tropieza con unos chicos que juegan al futbol. Agustín frena y con un movimiento veloz se quita la mochila y el buzo que lo ahoga. Cruza la ancha avenida llenando los pulmones de aire porque ya no puede más y trata de escuchar –porque no se anima, porque no puede darse vuelta-  quiere escuchar si la policía lo sigue, algún murmullo, alguna sirena. Pero no escucha nada, nada extraño. Solo los gritos de los chicos que continúan jugando al fútbol y lejos, muy a lo lejos una sirena. Entonces frena de a poco su carrera. Camina y cuando está llegando a República de la India, respira profundo, cuenta mentalmente hasta tres y da media vuelta. Nada. Nada, no hay nada que temer. Ningún policía lo sigue. Una parejita de adolescentes de la mano que no para de besuquearse y una vieja que avanza apoyada en su carrito de las compras están detrás. No hay policías. Nadie lo persigue, nadie. Y mientras Agustín se seca la transpiración que cae de su frente sonríe y piensa en volver en subte, como si fuera un topo por debajo de la tierra. La Madre Tierra.      

sábado, 17 de junio de 2017

Espera

Tomo uno de los lápices de la lata y anoto. Anoto que escribo con un lápiz negro que estaba metido en una lata de conserva. Una lata de arvejas que abrí y gasté ayer. Una lata que escurrí y lavé para poder guardar mis lápices. Los lápices que fueron a compararme al centro y que me trajeron en una bolsa junto con un volumen de cuentos, una antología del cuento policial argentino y un cuaderno naranja, Gloria. Al principio la punta del lápiz raspa la hoja, luego y a medida que avanzo, el trazo se desliza con mayor suavidad, sin perder la firmeza del negro. Siempre escribo con lápiz negro.

Voy hasta el baño y me miro en el pequeño espejo clavado en la pared. Estoy más grande. Las batallas se acumulan en la cara, en el cuerpo. Los ojos son un espejo del alma, escuché alguna vez y mi cuerpo se convirtió en un campo de batallas. Mil batallas atravesé. Mil, escribo y circulo una y cien veces la palabra mil hasta romper la hoja. Mil batallas.

Aprieto el lápiz y anoto:

El ataque a la comisaria, el viaje al norte en busca del asesino aquel, esconderse en la montaña… Mil batallas… El ardor en las manos. Un hombre con fe es peligroso.
Y ahora Marina, Marina.
Mil batallas, y ahora una más.     

***
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Lucien Freud

Los días han transcurridos con una monotonía ostensible de calor y humedad creciente. Humedad que Martín creía anunciadora de lluvias y tormentas, de crecidas y camalotes con víboras en las márgenes del Paraná. Casi diez días calculaba Martín de su llegada a Goya, su encierro y lenta recuperación del cuerpo. No ha sido penoso – piensa, aunque sabe que falta todavía. Pero se siente con fuerzas y ánimo rejuvenecido. Ha salido a caminar por el vecindario durante las tardes. Llegó hasta el río una mañana rosada y creyó descubrir los saltos del dorado con vigorosidad envidiable. Ha podido tomar algunos mates en los últimos días y eso le dibujó una sonrisa casi completa ganándole terreno a la parálisis.


De apoco, dejó de jugar con la pistola y se olvidó de los caracoles cuando abrió la ventana y dejó entrar al sol. Ordenó los libros y juntó los papeles que había comenzado a garabatear.  Se animó a salir cuando las vecinas charlaban en las tardecitas bajo a la sombra de los árboles y la frescura del tereré.  El influjo de sus voces lo arrancaba del catre a la calle, al perfume de la tierra y las plantas silvestres, a la belleza de sus pies descalzos y la risa pícara. Lo invadía una energía terrible, hinchaba sus pulmones de aire y Martín sonreía contento, feliz.   

sábado, 20 de mayo de 2017

En San Irineo


Siempre que salía de ahí, la noche se llenaba de luces.
Cada vez que íbamos a su departamento de la calle San Irineo, Eva, desempolvaba sus polvitos mágicos y el tiempo se detenía.

Le gustaba vestir soleros en primavera, dejaba sus hombros al aire y sumaba flores a las flores. Preparaba café y ponía una y otra vez el unplugged de Nirvana.


Después me besaba y nos tumbábamos en su cama de una plaza que daba hacia un ventanal.  Ella me enseñó que el tejido con el que nos cubríamos después del amor se llamaba crochet y que el agua del Pacífico era más fría, pero igual de salada que nuestro sudor… 

sábado, 6 de mayo de 2017

Presente (fragmentos de una novela inconclusa)


La parálisis izquierda me recorre parte del cuerpo; desde la cara hasta el brazo. Por momentos es un hormigueo irritante y otras tantas, como un calambre frío. No puedo matear. Parezco un idiota chorreándome y ando por hábito, por costumbre con el mate de un lado a otro, cambiando la yerba, calentando el agua.  Intento tomar. Tampoco puedo fumar. Pero eso es otra cosa, porque ando con el cigarro en la mano, lo enciendo y miro como el humo crece despacio. Es otra cosa.

Llegamos a Goya luego de ir subiendo por el Uruguay intentando cruzar para el Brasil. Como la suerte se había vuelto esquiva nos internamos hacia el este buscando cierta calma, guarecernos de la tormenta que habíamos desatado. En eso estábamos cuando el accidente me tumbó del árbol. Desperté un par de horas más tarde sin comprender que había pasado.  Me encontraba en una salita de hospital con una enfermera que no dejaba de preguntarme cómo me sentía.
Así estuve un par de días hasta que decidimos que no podía seguir en el hospital y mis compañeros me trajeron acá, en las afueras de Goya. A esperar.

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Ahora estoy solo. Hace tres días… ¿tres? Que estoy solo. Algunos papeles, lapiceras, el mate… Comida, un par de libros que trajeron del pueblo y una pistola corta, otra, nueva.
El encierro involuntario, impensado me lleva insistentemente al pasado, al pasado reciente. Pienso una y otra vez en qué nos equivocamos. Sí fue la ansiedad, un análisis mal hecho o los malditos años.  Entonces  recordé, casi repentinamente, como en una revelación, una frase que había leído hacía una punta de años. La frase del Viejo que  llamaba a meter en la misma bolsa a los cristianos, a los freudianos, a los marxistas y a los patriotas. Todos los que tuvieran fe, no importa en qué. Todos en la misma bolsa, porque los que tenemos fe en algo somos iguales. El Viejo agregaba que la fe nos lleva a la acción. Y finalmente sentenciaba que un hombre con fe es más peligroso que una bestia con hambre.  


Las horas en el encierro crecen con  lentitud  y de manera implacable. Se estiran como los caracoles que entraron por el agujero del techo y bajan despacio todos los días un poco más. Yo los miro desde acá. Trato de moverme, ejercito con el brazo derecho. Muevo el hombro, empuño la pistola y juego que reviento los caracoles a tiros. Camino. Camino en círculos con la pistola en la cintura y el mate en la mano derecha. Camino hasta quedar rendido y cuando el calor se hace insoportable me tiro en el catre a escuchar las voces del vecindario. Cuando cae el sol las mujeres se juntan y no paran de hablar, de reír, mientras los críos corren y trepan a los árboles. Yo no los veo, los escucho desde mi rancho. Escucho y trato de descifrar las palabras, sonrío ante mis éxitos y la picardía femenina. Me dejo llevar por esas voces de selva, de perfumes de agua  hasta quedar dormido y soñar, soñarme en la tierra sin mal.  

sábado, 8 de abril de 2017

Fragmentos de una novela inconclusa


Envuelto en el calor del alcohol y la somnolencia, la mente de Martín fue abriendo lentamente las puertas del pasado y casi por goteo, fueron naciendo imágenes y fragmentos de recuerdos en donde aparecía una joven y hermosa Marina. Entonces se vio con otros pelos y otra piel. Con una potencia hermosa en la punta de sus ojos. Y se vio como en una película de aventuras, siendo un protagonista romántico hasta la médula. Entonces ve, se vio en uno de los bancos del parque Lezama, a la sombra de un añejo árbol, cuando le dijo a su amiga que la quería (en realidad que le gustaba, y mucho) Y como desde un medio plano, la cámara se posaba en Marina. Ahora, en un plano corto, ella sonreía y le dijo que le agregaba confusión a su confusión. Después le agarraría las manos con la misma dulzura que semanas atrás, cuando le había dicho, es muy lindo Martín, muy lindo eso que leíste.

Martín la mira y le dice que le gustan sus ojos, el brillo que conservan,
le dice que le encantan sus lunares,
que siempre se enamora de mujeres morochas,
pero que ahora es distinto porque ellas es única,
hermosa,
y …

Marina lo interrumpe apoyándole suavemente la mano sobre los labios. Le sonríe y Martín no puede más. Cree que se va a desmayar, le molesta un ojo, el párpado izquierdo del ojo. Tiene vergüenza, se siente estúpido, transpira y no sabe si es por el sol que comenzó a filtrarse por entre las hojas o es la ansiedad y no puede parar de hablar. Le dice que es hermosa,
que no puede dejar de pensar,
que le encanta su boca y la comisura de sus labios cuando sonríe,
que su pelo,
que está enamorado y entonces Marina cierra los ojos y aprieta suavemente la boca.

Martín siente que está al borde de un abismo, que camina por las paredes, espera a que ella le diga algo. Algo más allá de su confusión. Pasan algunos segundos, son solo algunos segundos y ella sigue sentada a su lado, apenas levemente inclinada hacia él. El plano se agranda suavemente.
Marina… Marina… Murmura Martín, acercándose.
Marina abre los ojos y le toma la cara con sus manos. Él se inclina levemente hacia ella. Están cerca, muy cerca. Martín sonríe y siente que sí, que puede. Primer, primerísimo plano de sus caras. Ella se acerca aún más y lo besa. Lo besa suavemente en los labios. Es solo un instante, tibio, húmedo y su olor penetra e invade como un ejército invencible los sentidos de Martín.


Después, Marina se retrae nuevamente, se levanta y se va. Se marcha entre la gente del lugar. 
Plano general.  

viernes, 17 de marzo de 2017

Lo que soy


El Caballero Rojo, famoso luchador de la troupe de Martín Karadagian. Ese fui yo.
También un flautista frustrado y asustadizo, de soplido entrecortado. Fui jugador de fútbol. Más precisamente arquero de buenas y malas tardes, de penales atajados y goles imposibles. Pero fui, y eso es suficiente.


Fui campeón con el equipo de la escuela y los rezos de la madre de un compañero del equipo. Ante cada definición por penales, la Madre rezaba detrás del arco en donde realicé las proezas de un héroe. ¡Campeones del Instituto Bernasconi! Promoción 1985.

También me fui al descenso en la Cancha de Vélez en el otoño de 1986 en una definición por penales, apenas un par de meses antes que gritáramos ¡Campeones del Mundo! con el Diego del Pueblo y la Mano de Dios.

Fui un chico tímido durante los primeros años de la escuela secundaria ante la presencia de mis compañeras. La primaria había sido de varones. Pero, como vengo de una casa de muchas y fuertes mujeres, enseguida descubrí su encanto.

Vengo de un barrio reo. Jugué al fútbol en los empedrados de la calle Colonia y la única camiseta que tocó mi piel fue la del glorioso Huracán. Los pibes del barrio habían pintado las paredes con la frase Luca no dead en un diciembre que se volvió insoportable.

Coleccioné cassettes y revistas de rock. Tuve cierta fama de conocedor de bandas y solistas 
nacionales. A los quince fui con una novia a mi primer recital, en un teatro de la calle Corrientes. Fui casi habitué de Cemento y del Teatro Arlequines.

Fui a los pubs de San Telmo. Fui al Viejo Correo, Museum, a Arpegios y a muchos más que no recuerdo. Estuve la noche en que Willy Crook hizo apagar los ventiladores en un local de Mar del Plata porque estropeaba el sonido.

Juanse se trepaba a los parlantes y luego nadaba sobre el público. Conocí Halley, cuando estaba en la avenida Corrientes pero viendo a Divididos y a un Mollo enojado por las “máquinas de humo”.

Estuve en el pogo más grande del mundo.

Fumé y tomé porquerías porque Bukowski, porque Onetti, porque la vida…

Y una noche lloré, puteé y rogué no volverme un personaje más.

La leyenda cuenta que antes del llanto me rescataron dos ángeles en una calle de Palermo, me recompusieron un poco y subieron a un taxi. Después escondí las ropas y las sábanas de la pensión para que no me echaran.

Había dos putas haitianas en la pensión de la calle Chile que siempre olvidaban sus prendas más íntimas en los baños compartidos.

También había una evangelista que se despertaba todos los días a las cuatro de la mañana para orar. Y una parejita que alquilaba un cuarto al lado de la escalera. Ella, recortaba mariposas de papel de revista y las pegaba en la puerta y la pared de su habitación.

Al cuarto de la pensión mudé una mesa vieja, pero de buena madera; dos sillas maltratadas y una cafetera que se ponía en la hornalla de la cocina y cuando hervía el agua se mezclaba con el café y llegaba a burbujear en una esfera de vidrio que estaba en la tapa.

Me detengo y siento con el asombro de un horror sagrado, que también soy un río. Un río y una fuga. Quisiera recuperar días y noches, recuerdos y sueños. No puedo.

En el cuarto de la pensión alcancé la Felicidad.

Milité en política desde los trece hasta hoy y me gusta caminar por los barrios, el color de mi gente y sus costumbres.

Certezas muy pocas, solo mis hijos me sobrevivirán.

Viajé poco y leí mucho más. Me quisieron bastante.

Escribí algunas hojas, no más.


miércoles, 28 de diciembre de 2016

Carlos A Ricciardelli, El quinto elemento

Comparto el trabajo crítico sobre algunos cuentos del libro El quinto elemento realizado por Alan Storino.

  
(…) Cuando la tierra era pantanosa y las cavernas un hogar 
En una época en que la mayor riqueza era el fuego 
Para buscar paisajes el hombre debía vagar (…)  
Iron Maiden, “Quest for fire” en “Piece of Mind” (1983)
             
   El legajo de la bohemia porteña lo inscribe con los siguientes matices: padre de tres hermosos hijos; compañero de Marisol;  maestro de grado; profesor de Historia; militante popular;  quemero y con el abolengo de haber abrevado en variopintas experiencias terciarios o universitarias (Antropología y Comunicación Social).
   Dialogando en un juego de yuntas imaginarias el legajo tranquilamente  se lo podrían completar Manzi o Bonavena, dos finados que  comparten con el escritor el yeite de la patria chica y por ende el devenir de domingos en Amancio Alcorta y Luna. Porque la Patria es la infancia. Y la infancia es el barrio.
     Carlos Alberto Ricciardelli forma parte de un grupo de escritores (lo acompañan Adrián Olaz, Gustavo Ramazzotti y Omar Gaspar en las ilustraciones) que presentaron “El quinto elemento”, una serie de quince narrativas prehistóricas que conforman una interesante y atrapante propuesta literaria que se empapan de ribetes historiográficos y esquemas rizomáticos bien antropológicos. Contiene un prólogo de Carolina Loreley Postiglioni y edita Publicaciones del Sur. Se recomienda a estudiantes de Antropología, Historia o demás humanidades y su fácil lectura es viable para el bolsillo del caballero o la cartera de la dama.
   El trabajo  fue presentado el viernes 25/11/2016 en la sede de la Unión de Trabajadores de la Educación (CTERA). Al calor de la incipiente lectura que realicé en mi recorrido de vuelta al hogar en un colectivo de línea 103 y con la confianza que me brinda el escritor me permito realizar la siguiente “noción”  de reseña sobre sus narrativas. Es menester aclarar que escribí de forma libre y no consideré  hacer ningún ensayo literario ni me detuve en formalidades de claustro.

“(…) Confrontado a la idea del eterno retorno el historicismo gira sobre sí. Desde esa idea, toda tradición, también la que haya sido más reciente, se transforma en algo ya jugado en la noche impensable de los tiempos. La tradición adopta de ese modo el carácter que es propio de una fantasmagoría con la cual la Prehistoria va a salir a escena con los más modernos atavíos (…)”
Walter Benjamin, enDas Passagen-Werk” (Obra de los pasajes). Editado en Frankfurt en 1983.
   
Las cinco narrativas se encadenan en cinco palabras que emergen como si fueran parte de un  playlist de los Pixies[1]  : “Hibisco”, “Presagio”, “Lluvia”, “Hierogamia” e “Y la noche fue otra”. El mainstream literario de Ricciardelli se ilustra con el canon de imágenes propuesto por Gaspar.
  Luego de despedirme de mi gran amiga de la vida y de escuelas que  es María Noel me subo al pasaje del 103 que encara por Moreno esquivando desniveles. En la radio del chofer suena y resuena la voz de Andrés Ciro Martínez y el tema “Civilización”. Si bien la letra del tema no presenta una exégesis prehistórica como el libro de Carlos, la onomástica de  la canción me lleva a  unos cinco segundos de la siguiente reflexión ontológica: Todo tiene que ver con todo.
HIBISCO
  Bajo el protagonismo del Hibisco (o la Rosa China como se le dice en la Plaza José C. Paz)  la primera propuesta tiene como telonera una frase de Italo Calvino y Carlos en formato in crescendo va contextualizando una trama argumental donde un individuo (¿un homo sapiens sapiens?, ¿un Neandertal?) corta el clivaje natural de antílopes y praderas naturales con inquietudes culturales propias de los homínidos más curiosos. A continuación se detalla un recorte de la adjetivación ambiental que propone el escritor:
 “Los restos del carbón aún desprende el perfume de los inciensos matinales”[2]
  El autor, siguiendo la impronta de su anterior trabajo “Las recónditas ganas de quedarme aquí” (2014), avanza en un estilo literario con impronta sensible y cascada por años de lectura bukowskiana. El realismo sucio carveriano se vuelve a colar entre bipedismos e industrias líticas incipientes.  El blog de Ricciardelli (Rios Urbanos) es una reserva ecológica de este estilo original e impiadoso que nos ofrece el de Parque de los Patricios.

PRESAGIO
  Otra narrativa lúgubre  que impregna  la individualidad de uno de estos seres en contextos salvajes (“Una fauna algo alterada lo sacó del ensueño” y “armó una pequeña fogata que fue alimentando poco a poco”[3]) que van entroncando las hipotéticas contingencias que el devenir le iba deparando a estos seres. El autor (quizás sin querer, pero todo tiene que ver con todo) repite una imagen que tituló uno de sus anteriores trabajos: “Piedras contra un vidrio” (1998). La multipolaridad de la mirada y la diversidad como concepto parece obsesionar al escritor en sus producciones. Por ejemplo en la trama adjetiva: “grandes cubos grises y espejados que multiplicaban su rostro”[4]. Otro bohemio porteño pero más contemporáneo como el dramaturgo y actor Pompeyo Audivert podría acotar (café mediante) sobre la metáfora con la siguiente reflexión:
“Al romperse el espejo ya nada queda en su lugar y los fragmentos flotan en distintos niveles, algunos dan vueltas, otros ya se han ido o se están yendo, pero todos forman parte de un conjunto conjurable: el momento anterior al piedrazo, una unidad en perdición. El piedrazo restablece la relatividad del reflejo y su dependencia con lo poético, y a la vez postula a la parte como todo, al fragmento como mundo.”[5]
   Múltiples miradas, otredades y alteridades que se persiguen. La narrativa finaliza con sutileza y deja al lector con ansiedad de seguir avanzando hacia otros correlatos.

LLUVIA
  La narrativa más descriptiva y generosa con el lector. Le otorga el yeite de desmalezar con cierta prosapia a lo Fogwill el ambiente africano de praderas y sábanas generosas contaminadas de predadores. “La tarde había comenzado a mudar su calma estival” u “olor a sangre de predadores mayores” [6] forman parte de la baza de recursos.  A pesar de no contar con el recurso de la escritura o el relato oral, el lector avanza hacía una hermenéutica del sentido de supervivencia que lo encausa hacía un climax de reflexión existencial.
HIEROGAMIA
   Esta narrativa es el “el corte del disco”. Es el Smell Like Teen Spirit o el Wonderwall de la obra. Siguiendo la prosa de Joaquín Levinton sería la canción que suena en la radio. La narrativa propone un mush-up de conceptos propios de la Historia y la Antropología con matices literarios de buena madera y elaborada retórica. Elementos y apariciones como “El Mago” o “El Cacique” van coloreando la trama con la brocha del realismo sucio antes descripta. Los cinco sentidos del hombre se amalgaman al calor de la lluvia, el fuego, el agua  y el aire. Carlos con mucha certeza y mano va elaborando un know how que articula elementos rituales y  brotes paganos que se avecinan (¿elementos alucinógenos presentes en la comunión?).  La alquimia de palabras bien selectas hacen las veces de ordalía a las interrelaciones de los personajes y los expone al mano a mano con la deidad. Las imágenes son las de una película de Leonardo Favio. No puedo dejar de pensar en “El Mago” personificado en un Alfredo Halcón como en Nazareno Cruz y el lobo[7].
  Se aconseja antes de la lectura sumergirse en el interesante y atrapante concepto de Hierogamia. El mismo forma parte de celebraciones míticas cosmogónicas que incluye relaciones sexuales rituales donde la boda sagrada (hierás gámos) aumenta la potencia, la fertilidad y en general el bienestar de determinada comunidad de seres. Por ejemplo la religión iránica de la época prezoroastrista también asoció a la fiesta de año nuevo una boda entre dioses que desembocaba en éxtasis sexuales. En Egipto, "la más hermosa fiesta de Opet" que representaba la visita de Amón a su harén, culminaba probablemente del mismo modo. En Irlanda, los celtas, cuyas mujeres tenían un lugar particularmente destacado en la vida social, seguían la costumbre por la que la diosa de la tierra confería el poder al rey designado por ella. Y los germanos que celebraban fiestas de la fertilidad desde la prehistoria, también conocían el hierás gámos, presumiblemente con copulaciones ceremoniales incluidas.

Y LA NOCHE FUE OTRA
   Manuel, la explosión y la palabra África estructuran un juego de identidades entre sueños de seres de distintos mundos o vidas paralelas como diría Plutarco. La última narrativa es para leer con música de fondo: Se recomienda A perfect day de Lou Reed o You are my sunshine de Johnny Cash. Lectura introspectiva que propone un trip hacía la paranoia del accidente por venir o el desamparo de la vida en soledad. De nosotros, de los que vendrán y de los que estuvieron. De la humanidad toda.
  Para finalizar ,así como Lewis Binford o el estructuralismo de Levi Strauss intentaron abrir las posibilidades inferenciales de la Arqueología  y Antropología tradicional incorporando puntos de vista de otras disciplinas como la etnología  enriqueciendo la noción mítico-simbólica del proceso de hominización, una propuesta mucho más humilde pero no menos movilizante y revulsiva como la de Carlos nos ayuda a trazar un mejor esbozo de esos contextos y de ese individuo prehistórico, que pasó de un estado de inconsciencia a la consciencia del Homo
sapiens sapiens, lo cual le abrió́ las puertas a un nuevo universo propio. El universo de la Cultura. El universo  de la reflexión.
   El 103 encaró el asfalto de mi patria pequeña y frenó en la parada de Albariños y Eva Perón enfrente del paredón con el mural de La Renga  .Los pibes del tatuaje verde y negro me piden el cincuenta para el papel. Se terminó el viaje y el libro descansa en la mochila. Siento gratitud por el momento pasado en compañía de la lectura y el agradecimiento sincero a mi incipiente carrera de maestro por permitirme tirar y haber tirado paredes de prosapia bohemia con mi compañero y amigo Carlos Ricciardelli. Porque el vértigo de los veintisiete a veces no te permite valorar el día a día y a los que te rodean. Pero la reflexión tarde o temprano se avecina. Como me pasa a mí. Como les pasa a todos. Como le pasó a los seres de la Prehistoria.
A.
29/11/2016





[1] Pixies es una banda de rock alternativo formada en 1986 en la ciudad de Boston, Estados Unidos.El grupo se desintegró en 1993 debido a tensiones internas, pero se reunió nuevamente en 2004. su estilo singular ejerció gran influencia sobre muchas de las bandas de rock de la escena grunge y alternativa de principios de la década de 1990, especialmente sobre Nirvana y Weezer, quienes popularizaron su particular uso de melodías suaves durante las estrofas y explosiones, gritos y guitarras distorsionadas en los estribillos
[2] A.A.V.V. El quinto elemento. Buenos Aires. Publicaciones del Sur. 2016. pág. 51
[3] A.A.V.V. El quinto elemento. Op.Cit pág. 53
[4] Íbidem.
[5] Audivert, Pompeyo. Material de estudio de Teatro. Estudio El Cuervo  (Santiago del Estero 433. CABA).
[6] A.A.V.V. El quinto elemento. Op. Cit. pág 55
[7] Nazareno Cruz y el lobo, las palomas y los gritos, mejor conocida simplemente como Nazareno Cruz y el lobo, es una película argentina de fantasía-dramática de 1975 dirigida por Leonardo Favio. Fue escrita por Favio y su hermano y frecuente colaborador Jorge Zuhair Jury, y basada en el radioteatro homónimo de Juan Carlos Chiappe.