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Fuego.

No fuimos donde el Santo. Y eso que te dije que fuéramos, como hacemos siempre que tenemos un trabajo: primero vemos al Santo. Teníamos que haber ido a dejarle un plomo y la cerveza. Un plomo para que quede ahí, con él y que no vuelva. Y no fuimos. No importa. Ya está. Ya está. Había que correr y corrimos. Corrimos con toda nuestra fuerza y logramos zafar por detrás de la canchita del Ruso. ¿O no fue así Uriel? ¿Entonces?   Saltamos el alambrado y desaparecimos. Había que correr porque a esa altura no quedaba otra y no me vengan con boludeces ni delirios de superhéroes. Porque cuando hubo que plantarse, nos plantamos y al puto ese, se la dimos. El trabajo, el ajuste de cuentas ya estaba hecho y el perro hijo de puta del Rolo tenía los dos brazos rotos. Y gritaba. Y aullaba como un perro. Como el maldito perro que es. Gritaba tanto que se despertó media manzana y esa es la peor manzana. La peor para nosotros. ¿Y qué me van a decir? ¿Qué esa fue la cagada? ¿Porque lo dejamos vivo...

Después de todo

  Y después de todo ese escándalo llegó el horror. Un horror materializado en escenas pocas veces vistas, ciegas de tanta sangre y venganza. Pasó como un trueno. Veloz y desolador a la hora menos pensada. Como un gigante de megafauna. Cayeron a medianoche a disputarse el barrio, el negocio. Una maquinaria del horror y la venganza atronó durante toda la madrugada. Y quedamos huérfanos, más tristes y desprotegidos, con los huesos al sol secándose a la intemperie… ¿Y ahora qué vas hacer? ¿Qué vamos a hacer? Con tanto muerto sobre las espaldas… con tantos agujeros en el alma . Vamos a agacharnos sobre el suelo. Apoyar las orejas sobre el suelo y escuchar. Las palmas sobre el pasto y a escuchar el trueno que se va. Esperemos , decís. Tenés el pelo revuelto y manchado de sangre. Pelotitas de sangre pegadas sobre la oreja. Tenés la cara lastimada y una mochila rota mientras me mirás a los ojos como esperando una respuesta. No te recuerdo. No te conozco de esta zona, ni de ninguna otra. So...

Imágenes y palabras desde este lado del mundo...

Cinco relatos rabiosos en una Argentina que se debate entre la resurrección y el infierno. Fiebre es el cuarto libro de   Carlos A Ricciardelli.                            

Hambre

Luca nunca supo cómo llegó al Pueblito ni cuándo conoció a los pibes de Imperio . No recuerda si fue en la cancha o ranchando cerca del río luego de una noche larga y extraña. Luca no sabe quién es su padre, ni dónde está su madre. Conoce un medio hermano preso y una hermana con cuatro o cinco pibes, allá por la 24, cerca del otro río que es el mismo pero distinto. Luca nació en el Chaco, en las orillas de Resistencia, cerca del Salado, donde se amontonan las piedras y la miseria. En el norte de un extraño y lejano país. Conoce el hambre, el desprecio y la tibieza dulzona de la marihuana; la pasta base y el suicidio inevitable de los labios rotos. Conoce el después; el golpe frontal y el lento peregrinaje   hacia el centro. La ciudad infernal emergiendo como si la noche no hubiera alcanzado a mitigar las culpas de tantos cuerpos dolidos. Las imágenes que se repiten en cada esquina: hombres separando basura ante la amenaza de un patrullero, el hambre en la punta de los ojos...

Con la nueve en la espalda

El siguiente cuento tiene más de 20 años y es la historia más antigua en donde aparece  Martín Rilli. Narra la pre historia del Rilli que conocemos. Con la nueve en la espalda Camina lento, demasiado lento para los pocos años que arrastra, y se pierde en la esquina. El viento   arremete de pronto, se arremolina   y cruza la calle llevándose algunas hojas secas. El viento le araña los ojos. Levanta las solapas del sobretodo y se corre el pelo de la cara. Lleva los ojos irritados   y   una enorme mochila llena de libros viejos. Parece cansado. Se para frente a la pensión y levanta la vista, algunas ideas se le vienen a la cabeza y alcanzan a estirarle una sonrisa. Sube los dos pisos por escalera que separa al cuarto de la calle y abre la puerta. A ciegas y soportando el olor a humedad   enciende la luz. La pequeña lamparita que cuelga del techo dibuja   extrañas manchas en las descascaradas paredes. El cuarto es chico.   Estas pocas líneas y alg...

Búfalos

Soñaban las mismas historias a miles de kilómetros de distancia. Una en un pueblo de Nebraska y el otro, acá, en Buenos Aires. Hermosas bestias cruzando doradas praderas, sudorosas bajo el sol del verano, en busca de un arroyo o una vega suave como el atardecer, en donde detenerse. Soñaban lo mismo en cada enero o febrero, o en junio y septiembre. Soñaban con hileras irregulares de bestias sudorosas, caminantes bajo el sol y despertaban sedientos. Agónicos de sed. Quizás el tiempo, el azar y un congreso de varios días en México los juntó. Compartieron algunas exposiciones, tragos y aplausos. Allí, cruzaron sus miradas y algunas sonrisas. A la madrugada del segundo día se buscaron por el hotel. Ella, de Nebraska y él, de Buenos Aires. Y cuando clareaba el día finalmente se durmieron y soñaron –otra vez- la misma y diferente historia. Ansiosas y vitales, las manadas de búfalos llegaban al río y saciaban su sed.

El Indio y la libertad, mensaje en una botella

  Anoche estuve algo más tres horas pegado a la computadora, metiendo códigos y actualizando una y otra vez las páginas… No soy una persona ducha en las nuevas tecnologías y para mí no dejan de ser una herramienta. Por lo tanto, me privo de muchas cosas y me salvo de muchas más. Finalmente y entre bromas y burlas de mis hijos ante mi ansiedad, desconcierto y miedo de hacer algo mal y no poder ver al Indio –porque como muchos de los grandes que estábamos frente a la pantalla anhelábamos con profundo amor su presencia y conjuramos contra el avance de la enfermedad- sabíamos porque él nos enseñó que “todo es edición” y sin embargo queríamos verlo, escucharlo. Finalmente y luego de repetir en la virtualidad los desbordes y apretujamientos de toda marea ricotera aparecieron Los fundamentalistas y dieron un show impecable. Mucho mejor que el streaming anterior y se hizo el pequeño milagro, “el detalle de hoy”. Apareció, con la elegancia rocker de siempre. Único, infinito. Tuve que disi...