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El agua y los días

Han pasado días difíciles –piensa Martín- mientras hace una pausa en su lectura. Deja el libro a un lado, abierto y coloca encima, a modo de un improvisado señalador, su teléfono celular. Ha vuelto a leer con calma, a comprender el significado profundo de las frases y no a repetir el sonido de las palabras en su cabeza. Se acomoda y se hamaca en su sillón, piensa en estas palabras: han pasado días difíciles… Y piensa en la primer letra, en la hache, como si fuera una pequeña nube de vapor que antecede a la palabra, a la idea que le sigue.      Días difíciles… repite y se levanta a controlar el agua que ha comenzado a barruntar en la pava. Prepara la yerba en la calabaza y elige algún yuyo. Vuelve a la mesa, al sillón y piensa en la pelea, en sus ojos de parpados hinchados, los insultos, en su cuerpo, en su vientre, el enojo incontrolable y sus labios, sus dientes, su pelo…  

Cosas que pasan en verano...

El primer día estuvo muy bueno. Armamos la carpa, fuimos al centro y los chicos conocieron a sus primeros amigos. El segundo día, mejor aún. Nos despertamos con el sol dentro de la carpa a eso de las ocho. Hicimos un poco de fiaca y nos levantamos a preparar el desayuno. Después, cuando llegó el bañero y habilitó la pileta, corrimos a zambullirnos en el frío de la mañana. Sin embargo, cuando menos lo esperábamos, el cielo se cubrió de nubes. Un zumbido extraño cayó de golpe sobre los desprevenidos bañistas que estábamos asoleándonos al borde de la pileta y empuñando un toallón alcancé a mantenerme a salvo de unos extraños y hostiles insectos voladores. Los chicos gritaban y los más pequeños habían comenzado a llorar. Algunas mujeres también. No habíamos terminado de recuperarnos de los insectos y sus pequeños y dolorosos tarascones cuando el bañista, que apretaba una toalla contra uno de sus brazos ensangrentados, comenzó a saltar como un mono gritando para que saliéramos rápido...

El Tiempo...

(Buenos Aires, fin de año; a punto de llover) En un mundo donde no se puede medir el tiempo, no hay relojes, ni calendarios, ni citas definidas. Son los acontecimientos los que desencadenan otros acontecimientos , no la hora. Se empieza a edificar la casa cuando la piedra y la madera llegan al lugar de la construcción. La cantera de piedra comienza a entregar la piedra cuando el picapedrero necesita dinero… Hace mucho, antes del Gran Reloj , los cambios en los cuerpos celestes median el tiempo: el lento paso de las estrellas a través del cielo nocturno, el arco del Sol y la variación de la luz, la Luna creciente y menguante, las mareas, las estaciones. El tiempo también se medía por medio de los latidos del corazón , los ritmos de la somnolencia y el sueño, la recurrencia del hambre, los ciclos menstruales de las mujeres y la duración de la soledad. Alan Lightman, Los sueños de Einstein

Amantes

Odio las noches de calor , dijo casi en un susurro que a él le costó escuchar. Odio el calor, porque no me abrazás al dormir , dijo en una especie de suspiro y se durmió lentamente en medio de la noche, dándole la espalda. Una frondosa melena de oscuros rulos se interpuso entre ella y la agitación de su pecho.  Minutos antes, el frenesí de sus cuerpos le había arrancado un quejido apagado, casi suplicante que había detonado en él, aumentando su vigor, sus arremetidas. Fue entonces cuando la envolvió entre sus brazos, puso sus labios contra los suyos y creyó poseerla por completo. La abrazó con ambos brazos y sus manos llegaron a cada lado de sus muslos. Con  su mano izquierda logró alcanzar la humedad del encuentro y apoyó sus dedos al borde de su vulva abierta y bordeó sus continuas arremetidas. Martin… Martin… jadeó su nombre un par de veces y luego se abandonó al temblor de su cuerpo y a un largo y profundo suspiro. Luego, apartaron las sábanas húmeda...

Otra vez...

Ahí está otra vez. Caminando de un lado para el otro, como si estuviera loco. Miralo, ¿vez? Otra vez esa angustia recorriéndole el cuerpo, anudándosele en la garganta y la saliva que le cuesta bajar… la aceleración del corazón y ese golpeteo constante que asusta tanto como la posibilidad de que deje de hacerlo. Así está Martin, otra vez, como asustado. Y en un instante de lucidez piensa que ya está grande para estas cosas, para estos desvelos en la noche… que son berretines de pendejo, piensa y sonríe. Respira y vuelve a intentarlo, cuenta hasta seis y suelta lentamente el aire. Cierra los ojos e insiste porque mañana hay que ir a trabajar y ya cuesta el doble hacerlo sin dormir. Y sin embargo, ahí está, ¿lo ves? Dando vueltas en la cama, yendo y viniendo por la pieza, oliendo la almohada vacía, las sábanas. Persiguiendo los rastros de un perfume que no sabe si ha de volver.    

Una noche como cualquier otra

Acabó la última copa de vino y lo invadió una dulce y suave borrachera. Sonrió en la penumbra de la casa y subió a su cuarto. De fondo, creyó escuchar las primeras gotas de lluvia golpeando contra la ventana. Sonrió satisfecho, olvidándose de todo, del trabajo, de las noticias, de la lluvia y se metió en la tibieza de las sábanas limpias, perfumadas. La tormenta había ido creciendo en la madruga. Imperceptible a los oídos de Paul que recién la descubrió cuando el borboteo era incesante y el agua bajaba a raudales por la escalera de la terraza. Se sentó en la cama y le pareció extraño el sonido de la lluvia. Pensó que había tomado demasiado. No, no eran las típicas gotas golpeando contra el techo de chapa del cuarto de los objetos viejos, ni las gotas golpeando contra las persianas cuando el viento sopla del este. No, era distinto. Como a caño roto, como a canilla abierta. ¡La ventana quedo abierta! Pensó de pronto y trepó los escalones de madera, teniendo cuidado de no resbal...

Estos tiempos...

La mañana ha levantado un viento raro, extraño para otros octubres. Un viento con olor a lluvia y furia como para barrerlo todo, todo. Apenas abro las ventanas y el ruido del viento en las hojas me despabila. Huelo la humedad, siento la furia. Enciendo el fuego y acerco la pava; preparo la yerba y el mate. Entonces, algo más calmo -siempre me sorprende el paso del sueño a la vigilia- retomo el libro, los papeles y el lápiz. Hernández Arregui, militante peronista, socialista. Hernández Arregui, y entonces leo: "Éste es un fenómeno típico de los países dependientes, en los que la subordinación económica crea, a su vez, intelectuales subsidiarios de las oligarquias nativas y de los grupos económicos dóciles al imperialismo yanqui. (...) Un intelectual que calla las causas, la vergüenza y el horror del colonialismo es un mercenario que sirve a las potestades que paralizan al país."   Entonces pienso en algunos... en algunas... que eran tan distintos y ahora...