Fue en busca de un amarre. De un gualicho que lo atara a las polleras de esa pendeja que lo tenía loco y no lo dejaba trabajar, ni pensar, ni nada. Así, desesperado como andaba. Sin dormir, borracho o algo drogado por las inagotables noches en vela. “Noches blancas —decía— o noches blandas” cuando andaba con el berretín del tango y la mandanga le sacudía la mandíbula. Consiguió el dato en una charla con los albañiles de la vuelta de su casa. Una tarde de sol y cerveza que se estiró hasta las primeras confesiones. Después, las cumbias de Leo Mattioli hicieron el resto. Entonces, fue. Subió primero a un bondi que se perdió cruzando La Noria . Bajó y tomó otro que continuó bordeando el río Miserias durante un buen rato. Calculó como pudo el tiempo del viaje porque el GPS no era confiable con callecitas que nacen y mueren con la velocidad del hambre y la intemperie. Cuando vio el santuario pintado de rojo, bajó y regresó unos metros. Vació la lata de ce...
Bitácora de Carlos A. Ricciardelli // palabras/imágenes/arte -desde este lado del mundo.