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Lo mejor Lo mejor, entre lo mejor, un viejo libro de Chinasky (de Bukowski, anagrama, 1995) Uno o dos discos de Sabina y el grito de gol que baja rabioso por la calle Luna. Lo mejor, entre lo mejor, la lluvia sobre el techo de chapa en el viejo normal y -por su puesto, tu sonrisa cómplice-. Las noches de cerveza en el viejo almacén. El Río de la Plata en las costas de Colonia del Sacramento. El primer libro de Onetti, el segundo y el tercero… La tarde en el 150 en donde me animé y conocí tu tatuaje, tu casa y tus besos (dulces, suaves, hermosos besos…) Aquellas largas y doradas piernas en la primavera del 97, a orillas de San Telmo, maní y cervezas. La pensión de la calle Chile en donde fui feliz. Tu vientre acunando la Vida, una y dos veces… Una canción y tres recitales en donde creímos que la amistad era para siempre. El pañuelo de Luca, el sabor del mar, el limón en la punta de tu lengua en Mar del Plata y aquellos polvitos mágicos de la calle San Ireneo. Un programa de radio, mi ge...

Allen Ginsberg

AULLIDO Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas, arrastrándose por las calles de los negros al amanecer en busca de un colérico pinchazo, hipsters con cabezas de ángel ardiendo por la antigua conexión celestial con el estrellado dínamo de la maquinaria nocturna, que pobres y harapientos y ojerosos y drogados pasaron la noche fumando en la oscuridad sobrenatural de apartamentos de agua fría, flotando sobre las cimas de las ciudades contemplando jazz, que desnudaron sus cerebros ante el cielo bajo El y vieron ángeles mahometanos tambaleándose sobre techos iluminados (…) Cubierto de hojas amarillas, crepitando entre las sábanas, revuelvo el vacío de tu ausencia. Insomne, inconsciente aún el zumbido del aparato que ventila no alcanza a despegar los ecos. Y doy otra vuelta, medio dormido, medio despierto, hasta que dejo mi cara sobre un pedazo de sábana que huele a vos. Mezcla de perfume y transpiración, huella...

A propósito de la SRA y la muestra de Palermo

"Nuestros hacendados no entienden jota del asunto, y prefieren hacerse un palacio en la avenida Alvear que meterse en negocios que los llenarían de aflicciones. Quieren que el gobierno, quieren que nosotros que no tenemos ni una vaca, contribuyamos a duplicarles o triplicarles su fortuna a los Anchorena, a los Unzué, a los Pereyra, a los Luro, a los Duggan y a todos los millonarios que pasan su vida mirando como paren las vacas..." Domingo Faustino Sarmiento
Escuchábamos roncanrolles echados en el sillón. Susurrabas temas de los redondos y jugábamos, otra vez, como en aquellos buenos tiempos, a descifrar las letras, a imaginar cual había sido el mensaje de aquellos años desangelados. Jugábamos a cazar el tiempo, a meterlo dentro de nosotros, a empujarlo con nuestras lenguas, a llenarnos de él. ¿Ves? Dijiste de golpe y te levantaste, para mí, que se lo estaban cogiendo… y echaste durante unos segundos los ojos hacia el techo, como si la música bajara del cielo. ¿Ves? Y ahora movías las manos, con las palmas hacia arriba, se lo estaban cogiendo , repetiste, ¡y estabas tan hermosa! No lo había pensado, respondí, trayéndote hacia mí, hacia mis locas ganas de vos.

Sabés...

Sabés, siempre me imaginé que serias así, murmuró arqueándose sobre las sábanas, tan animal, dijo jadeando, después de un primer momento algo brusco, apurados por la ansiedad. Sí, sabía que podía ser así, repitió la chica a la que hasta hace un rato, no se había animado a encarar y sin embargo, ahora, están metidos en un telo, uno adentro del otro, hamacándose con fuerza, con pasión. Y Martín no puede quitarle los ojos al tatuaje que tiene en el final de su espalda. No puede; está como imantado. Se sacuden con fuerza y la toma con ganas de la cintura, acaricia el dibujo con la yema de sus dedos y a ella se le eriza la piel de la espalda, del culo alzado, sí, repite en un quejido que se desvanece. Entonces, él la aprieta contra sus muslos como queriendo retenerla, intentando evitar un final, sabiendo que no podrá olvidar su voz, su cuerpo y se abandona a su olor, a sus movimientos. Ahora se ha levantado del sillón para cambiar la yerba y traer algo de agua. Camina descalza sobre las mad...

Poeta, Juan Gelman

Buscando entre las cajas de la biblioteca escolar, escondido entre armarios y tierra, me encontré de pronto con una hermosa edición homenaje a Juan Gelman. La obra en cuestión es: Violín y otras cuestiones, su primer “librito” de 1956. Editado, como bien dice en su prólogo Raúl González Tuñón, por el amor del vehemente Manuel Gleizer. El libro es una belleza de tapa dura y papel celofán en la cubierta. Su contenido, un tesoro de la poesía en lengua española de la segunda mitad del complejo siglo XX. A Gelman lo “conocí” de adolescente luego de fracasar insistentemente con la poesía. No encontraba poeta ni versos para mis ritmos, ni pausas que descansaran mi alma inquieta y desolada de los noventa. Y fue una tarde de domingo con el sol brillando en las hojas de mayo cuando leí y escuché por primera vez el color y la resonancia de palabras conocidas. Revolución, otoño, huesos… sonaron como nunca antes en mi boca y caminé por largas calles pronunciando, recitando… (…) quién eres muda sola...

Si esa moneda hablara... más de la cuenta

Lo despertaron unas moscas zumbonas, revoloteándole por la cara y manoteó un par de veces frente a las luces del día. La dolía la espalda, el cuello. Se había quedado dormido en la orilla del riachuelo. Unos ladridos terminaron de despabilarlo y lo devolvieron otra vez a las calles del barrio. Estaba cansado. Tenía hambre. Pasó por la Iglesia y saludó a las viejas que se acercaban a escuchar la misa del padre Pepe. Sonrió a unos pibitos que pasaron corriendo y siguió hasta la otra esquina. ¿Dónde estará el pibe? Pensó de pronto. Aprovechó la mañana y se fue para La tacita. Ahí estaba la Tere limpiando la cocina. El desayuno había terminado. ¿Tomamos unos mates? Le dijo Rilli después de saludarla con dos besos, uno por mejilla, como le habían enseñado. ¡Dale! ¿Por dónde andabas? Tan perdido… Rilli sonrió y le alcanzó el primero de una larga serie de mates. Comió algunos chipacitos que le alcanzó la Tere y le contó del baile y que había visto a Marina con el gordo. Y sí… Vos sabés como s...