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Rilli

Rilli ha desaparecido hace semanas. Lo busco, lo llamo y no responde. Por eso su ausencia aquí, en estas líneas de luz y alquimias de bytes. Vine decidido a encontrarlo, a mirarlo a la cara. Increparlo, preguntarle por qué. … No está. No hay nadie aquí. Solo quedan sus cosas. Algunas de sus cosas: un mate usado, papeles escritos, manchados, dos botellas vacías y una foto. La foto de una mujer, cenizas en la mesa y en la pileta. La yerba del mate esta negra y le sobrevuelan moscas, mosquitas. No está.  

La carta inesperada

Queridos lectores, nuestro amigo Martín Rilli   acaba de recibir una carta. ¡Si! Una carta como las de antes. Nada de mail ni tuiter. Nada. Una carta de papel, en sobre y con matasellos. Y semejante carta lo tiene a mal dormir, desvelado. Porque no solo recibió una carta como las de antes, sino que además no recuerda el nombre de quien la firma. Bueno, aquí va y juzguen ustedes si el desvelo es merecido...   Querido mío:                    He decidido terminar con estos años de oscuro exilio. Sé, de buena fuente, que te mantienes tan activo como en aquellos años; y eso me alegra. Aún tengo el recuerdo de tu piel lastimada, las gotitas de sangre conque dibujaste mi nombre sobre la remera de Huracán que usaba para dormir. Recuerdo, querido mío, tus angustias y ansiedades y como fui generosa contigo. Ah… si pudiera regresar el tiempo…        ...

hay Señor, tantos pibitos desangelados!

Se frota la nariz y va otra vez en busca de la otra pibita. Da una vuelta en medio del patio, muequea como una desconocida, grita, aulla que la va a matar. Ojitos pintados, lindos ojitos que no caben en su cara. Campera adidas hasta el cuello y los brazos duros como ramas secas sacudidas por la inclemencia del viento. Va y viene, eléctrica, hermosamente joven… putea una y otra vez, grita, jura que la va a matar…   

Un baión para este idiota

Pituca sabe que es el mejor el mejor culo para ese sillón (usa sal de melodrama y se la cree) Y sabe bien que hoy su chance es corta!   El celular no paraba de sonar y ya sin fuerzas para seguir peleando, lo apagó. Se dejó caer sobre el sillón y acabó con el cuarto vaso de whisky. Y justo, cuando el calor que subía del pecho lo abrazaba en una dulce y lenta borrachera, escuchó los golpes en la puerta. Alzó levemente la cabeza, levantando el mentón que insistía en doblarse perezoso sobre el tórax y miró en dirección a la calle. Los golpes se repitieron dos veces más, metálicos, de llaves contra un vidrio. Abrime, Martín… es por la nena, abrime que esta con fiebre. Volvió a cabecear y creyó dormirse hasta que los golpes lo despertaron definitivamente. Una fuerza extraña ayudó a levantarlo y lo guió hasta la puerta. Caminó por el zaguán tropezándose con las macetas y las muñecas que habían quedado en el piso. Eva había estado con él, jugando toda la tarde. Y ahora, l...

J. C. Onetti, padre y maestro espiritual

“Le pido perdón por haber desaparecido de aquella manera. Viví no sé cuántas horas en el otro mundo, sin casi comer, sin casi dormir, teniendo como alimento Old Parr y Philip Morris y algo que no es decible. (…) Ya empiezo: el rey David se acostó con una niña para volver a ser joven y fracasó porque el procedimiento para reconquistar lo único envidiable de la adolescencia –la limpieza del alma, la virginidad de las sensaciones y el desinterés- consiste en no acostarse con una niña” J. C. Onetti, carta a Julio Payró.

blues

                    Siempre habrá historias tristes. Tan tristes como la agonía de este mundo.             Y ésta es la historia de un hombre que como tantos otros, soñó en un verano que todo le era posible. Fue por aquel entonces cuando tuvo un sueño cifrado, premonitorio, que lo llevó a juntar todas sus pertenencias y cambiarlas en un local del Once. Después se trepó a un micro en Retiro con dos bolsones enormes y viajó a la costa de un verano incipiente. Vendió todos OnOO los barriletes made in China en un fin de semana febril y llenó el cielo de San Bernardo con peces multicolores. Juntó un ladrillo húmedo y macizo, envidia de muchos, casi de un kilo y medio, y los cambió por varios de cien y cincuenta; dejó algunos de cambio. Un viento enorme lo empujó por la costa, y lo interpretó como una buena señal: brindó en la playa con la de bikini verde, la convenció en una ...

Búfalos

     Martín soñó con extrañas bestias doradas. Pequeñas manadas surcando praderas extensas, lagunas y pastizales. Búfalos jóvenes de melena espesa trajinando campos y helados inviernos.       Algunos kilómetros hacia el oeste, Nehuén albergó durante noches enteras a resplandecientes bisontes apareándose en las orillas del Mississippi. Desgarrando la noche en roncos bufidos, en sueños distintos, lejanos.               Nehuén y Martín no se conocen. Sin embargo el sueño se vuelve espeso, recurrente. Se expanden las bestias en sus cuerpos como en enormes praderas y sudan en las noches olores lejanos, salvajes.