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Otra vez...

Ahí está otra vez. Caminando de un lado para el otro, como si estuviera loco. Miralo, ¿vez? Otra vez esa angustia recorriéndole el cuerpo, anudándosele en la garganta y la saliva que le cuesta bajar… la aceleración del corazón y ese golpeteo constante que asusta tanto como la posibilidad de que deje de hacerlo. Así está Martin, otra vez, como asustado. Y en un instante de lucidez piensa que ya está grande para estas cosas, para estos desvelos en la noche… que son berretines de pendejo, piensa y sonríe. Respira y vuelve a intentarlo, cuenta hasta seis y suelta lentamente el aire. Cierra los ojos e insiste porque mañana hay que ir a trabajar y ya cuesta el doble hacerlo sin dormir. Y sin embargo, ahí está, ¿lo ves? Dando vueltas en la cama, yendo y viniendo por la pieza, oliendo la almohada vacía, las sábanas. Persiguiendo los rastros de un perfume que no sabe si ha de volver.    

Una noche como cualquier otra

Acabó la última copa de vino y lo invadió una dulce y suave borrachera. Sonrió en la penumbra de la casa y subió a su cuarto. De fondo, creyó escuchar las primeras gotas de lluvia golpeando contra la ventana. Sonrió satisfecho, olvidándose de todo, del trabajo, de las noticias, de la lluvia y se metió en la tibieza de las sábanas limpias, perfumadas. La tormenta había ido creciendo en la madruga. Imperceptible a los oídos de Paul que recién la descubrió cuando el borboteo era incesante y el agua bajaba a raudales por la escalera de la terraza. Se sentó en la cama y le pareció extraño el sonido de la lluvia. Pensó que había tomado demasiado. No, no eran las típicas gotas golpeando contra el techo de chapa del cuarto de los objetos viejos, ni las gotas golpeando contra las persianas cuando el viento sopla del este. No, era distinto. Como a caño roto, como a canilla abierta. ¡La ventana quedo abierta! Pensó de pronto y trepó los escalones de madera, teniendo cuidado de no resbal...

Estos tiempos...

La mañana ha levantado un viento raro, extraño para otros octubres. Un viento con olor a lluvia y furia como para barrerlo todo, todo. Apenas abro las ventanas y el ruido del viento en las hojas me despabila. Huelo la humedad, siento la furia. Enciendo el fuego y acerco la pava; preparo la yerba y el mate. Entonces, algo más calmo -siempre me sorprende el paso del sueño a la vigilia- retomo el libro, los papeles y el lápiz. Hernández Arregui, militante peronista, socialista. Hernández Arregui, y entonces leo: "Éste es un fenómeno típico de los países dependientes, en los que la subordinación económica crea, a su vez, intelectuales subsidiarios de las oligarquias nativas y de los grupos económicos dóciles al imperialismo yanqui. (...) Un intelectual que calla las causas, la vergüenza y el horror del colonialismo es un mercenario que sirve a las potestades que paralizan al país."   Entonces pienso en algunos... en algunas... que eran tan distintos y ahora...

Rastros de Olduvai

Y entonces sólo hizo falta el viento. Una pequeña brisa convertida en soplo divino que arrastrara las cenizas de esta fogata inútil a la vera del río, al costado de tu cuerpo. Fue entonces cuando entendimos que la noche era otra, sin miedo y sin piedad, nos recorrió el espectro de aquellos simios antiguos -que la soberbia humana llamó prehistóricos- como si acaso vos y yo fuéramos historia, así, con mayúsculas. Y fuésemos otros, y quisiéramos extirparnos de nosotros mismos. Imposible. Los agujeros están ahí, y África está en nosotros. En la memoria del cuerpo, en la cadena multiplicada en el esperma de aquel simio. A pesar del tiempo, aún resisten en cada cuerpo, los rastros de Olduvai.

Querido Héctor Tizón

La Puna es un desierto duro, con algunos cursos de agua en los veranos; en el resto del año esos regueros son rastros secos como estelas geológicas. (...) Los hombres de la Puna son viajeros sedentarios; sus desplazamientos, por lo general, son para vender o para comprar cosas a veces insignificantes. (...) Estas tierras lijadas por los vientos y la sal fueron, sin embargo, en los tórridos días y en las noches heladas, el escenario de paso de séquitos imperiales, de zaparrastrosas tropas guerreras, conquistadores extraviados y locos detrás de equívocas quimeras...                                                                        ...

A doscientos años del éxodo jujeño

  El 29 de julio de 1812 el General Belgrano ordenó abandonar la provincia de Jujuy y marchar hacia el sur. Los godos están cerca, y aún no vamos a enfrentarlos. Nos vamos, pero no encontrarán nada a su paso. En agosto, una interminable masa de familias de campesinos y pastores entraban a Tucumán bajo las órdenes y la custodia del Ejercito del Norte. Harapientos y agotados cuerpos llegaron con lo poco que habían podido salvar, algunas mulas y aguayos cargados de charque, galletas y vino. El pueblo entero abrazó la causa revolucionaria y con paciencia ancestral aguardó el momento oportuno. Pocas semanas después los realistas avanzaron sobre Tucumán y a pesar de las órdenes del Triunvirato, la desobediencia de Belgrano y su pueblo, lograron la victoria del 24 de septiembre de 1812. Hoy, una de las principales calles de la ciudad de San Miguel lleva su nombre. Sin embargo, el motivo de estas palabras es otro. A las apuradas y entre copas, podríamos titular este pequeño rela...

Maestro y padre espiritual!

A 18 años de su muerte, sus palabras/mundos aún siguen iluminando la noche...