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La flor del hibisco

Una fauna algo alterada lo sacó del ensueño. Se soñaba entre grandes cubos grises y espejados que multiplicaban su rostro extrañado hasta el infinito. Deambulaba perdido, al borde del llanto bajo ráfagas de luces multicolores… El griterío nervioso lo rescató de la trampa de cemento y ciudad, palabras desconocidas que retumbaban en el fondo de su cabeza. Se tambaleó en la penumbra y echó maquinalmente unas ramas secas para reavivar el fuego. Desde afuera entraba el frío matinal, pero cierta textura en el aire lo llevó a fruncir la nariz un par de veces. Se rascó la cabeza y salió despacio. Aún algo dormido observó correr a los animales. Sobre la cueva sobrevolaban pequeñas grupos de aves. Todos parecían huir. Algo se avecinaba. Lo sentía en el aire que llegaba hasta su piel produciéndole escalofríos. Ahora lo podía sentir bajo los pies, en el temblor tímido de la tierra. Regresó al interior. Comenzó a levantar sus herramientas y las trasladó hacia el interior profundo de la gri...

Hibisco

El hombre camina días enteros entre los árboles y las piedras. Rara vez el ojo se detiene en una cosa, y es cuando la ha reconocido como el signo de otra: una huella en la arena indica el paso del tigre, un pantano anticipa una vena de agua, la flor del hibisco el fin del invierno.  (Italo Calvino, Las ciudades invisibles) La jornada ha dejado paso al silencio cálido del refugio en donde los restos de carbón aún desprenden el perfume de los inciensos matinales. El hombre deja a un lado las pieles sanguinolentas de caribú junto a sus herramientas, algunas piedras talladas que usa de cuchillo y raspadores varios. Se acerca al fogón apagado y siente la tibieza del fuego extinto. Lo siente en la piel y en sus vellos que se erizan. Lo siente en su nariz, donde se dilatan las narinas y huelen la presencia animal de su compañera. Cierra los ojos de pie frente al rescoldo y distingue el olor de su hembra entre capas sutiles de incienso, pastos y tierra. Sabe que está allí, en...

Qué pensás...

El  hombre se sentó como de costumbre frente a su ordenador que iluminaba parte del cuarto y una pregunta enfrentó a sus ojos ¿qué estás pensando? decía la entrada de su facebook.  ¿Qué estoy pensando? murmuró y se echó sobre el respaldo de su silla mientras le daba un sorbo a la taza de café que había terminado de preparar. Por la ventana de su pequeña casa se veía declinar la tarde de un tibio otoño. Las hojas caían de los árboles amontonándose para delicia de los chicos que las hacían crepitar bajo sus pies. Bebió un par de veces de la taza y trató de ordenar la cantidad abrumadora de imágenes  e ideas que había disparado la pregunta. …Por qué tengo que sufrir tanto… y sintió cada sílaba de la oración pronunciada punzando su pecho. Se avergonzó enseguida. Le parecía estúpido pensar eso comparado con el estado del mundo. Pensó que era una estupidez, un estado de adolescencia tardía… sufrir tanto murmuró otra vez. Se levantó y caminó por su casa. Miró las...

Esas hembras no son dulces, no.

(…) esas hembras no son dulces, no. Superlógico, sí; superlógico (…) El Pibe Gorrita no es un desangelado más. No; y lo sabe bien desde la escena titánica y horror residual del último fin de semana. El Pibe no pudo o no supo rescatar a su linda muchacha de su cárcel de furia, otro ataque más! Y más, más! La criatura hippy chic de Abasto se cortó con hojitas finas de afeitar su linda sangre comenzó a chorrear y escribió la pared con deditos de pincel. El Pibe Gorrita sabe bien.  

Escuchábamos rocanrrolles

Escuchábamos roncanrolles echados en el sillón así, tu cabeza sobre la mía. Aprovechaba a sentir tus olores, tus perfumes entre el pelo, tus olores en la piel. Escuchábamos rocanrrolles y nos pasábamos un mate caliente de anhelos y tibios de besos. Escuchábamos roncanrolles echados en el sillón, susurrabas temas de los redondos y jugábamos, otra vez, como en aquellos buenos tiempos, a descifrar las letras, a imaginar cual había sido el mensaje de aquellos años desangelados. Jugábamos a cazar el tiempo, a meterlo dentro de nosotros, a empujarlo con nuestras lenguas, a llenarnos de él. ¿Ves? Dijiste de golpe y te levantaste, para mí, que se lo estaban cogiendo… y echaste durante unos segundos los ojos hacia el techo, como si la música bajara del cielo. ¿Ves? Y ahora movías las manos, con las palmas hacia arriba, se lo estaban cogiendo, repetiste, ¡y estabas tan hermosa!   No lo había pensado, respondí, trayéndote hacia mí, hacia mis locas ganas de vos. ...

A propósito de "Las recónditas ganas de quedarme aquí..." Por Alan E. Storino

El compás es la entidad métrica musical compuesta por varias unidades de tiempo (como la negra o la corchea) que se organizan en grupos, en los que se da una contraposición entre partes acentuadas y átonas1.  “Las recónditas ganas de quedarme aquí, nomás” es una obra escrita por Carlos Ricciardelli, escritor, maestro, profesor, padre de tres hijos, socialista, quemero, porteño,  muchacho de letras, historiografía y demás compases (o unidades de tiempo) que la contingencia  de vivir -o no morir según Derrida-  le va deparando a lo largo de su  existencia.   Página siete. Comienzo del viaje. Página en blanco y letra grandilocuente.  El autor juega con las ansiedades y arroja la primera piedra provocando estéticamente al potencial lector progresista (¿ergo ateo y pagano?) con una cita de Jesúcristo. “Ahora, en cambio, el que tenga dinero que lo traiga, y también provisiones, y el que no tenga espada, que venda su abrigo y se compre una”  Primer...

Manuel Ugarte, a modo de homenaje

Hace poco, por obra del azar y de algo parecido al aburrimiento, me puse a acomodar papeles y libros que había usado para un antiguo trabajo. La tarea me atrapó por completo y me detuve en detalles, marcas y subrayados  y –siempre sucede lo mismo- no pude terminar lo iniciado. La suerte me llevó a encontrar un libro de Manuel Ugarte.  En el prefacio a Mi campaña Hispanoamericana (1922) hallé una magnífica clase sobre el quehacer de la diplomacia internacional. En aquellos años –primera década del siglo XX- la elite por entonces gobernante y sus órganos de difusión sostenían –como hoy, como siempre- la imposibilidad e inconveniencia de malquistarse con los EEUU. Entonces, en el prefacio Manuel Ugarte explica, les explica a los doctos liberales, “lo que precisamente caracteriza la acción diplomática es la posibilidad de disentir sin chocar y de obtener ventajas o disminuir las del adversario sin utilizar un gramo de pólvora, manejando la sutileza, el razonamiento, el in...