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Entradas

Hermosa, Carson Mc Cullers

Y todo gracias a esa foto. El domingo por la tarde vi la tapa del suplemento Radar y quedé hipnotizado. Conocía su nombre. Nunca la había visto. Nunca la había leído. “¿Viste Pilar? Esa cara aniñada… la ropa. Esa mirada y la pose, el cigarrillo en la mano… ¿distendida? ¿desenfadada? ¿Viste Pilar? Me encanta.” Y enseguida busqué el libro. Sabía que tenía un viejo tomo de literatura norteamericana escondido en el último estante de la biblioteca que hizo mi padre. Y allí estaba ella, contando historias tristes de perdedores, en pueblos perdidos a la orilla de la nada. Y un narrador exquisito que se mete en las historias y reflexiona sobre el amor y la soledad. Carson Mc Cullers, una perla trágica en los plantíos del sur norteamericano.

Siete mil dólares (fragmento de una novela en crecimiento)

El sicario avanzaba por uno de los caminos que nacían al borde de la ruta. Había bajado del camión al que había subido cerca de Moreno. Caminaba por la ruta cargando una mochila y cubriéndose del sol bajo un sombrero de cowboy de color blanco, ajado por el uso. Agradeció con un gesto de cabeza el bocinazo del camionero que lo había acercado. Se había cuidado de no hablar, de no revelar el acento caribeño. Unos lentes grandes y negros hacían el resto. Después, consultó el GPS de su teléfono y continuó caminando por el sendero que se abría en medio de unos campos de girasoles. Cuando alcanzó a vislumbrar el casco de la estancia se detuvo y sacó una botella de agua de la mochila. Bebió un rato del pico mientras miraba hacia la casa. Después, con un pequeño largavista , estudió los alrededores. No vio peones ni hombres a caballo. El galpón de la derecha estaba cerrado. Había dos camionetas estacionadas. Una Toyota importada y la otra, un rastrojero bastante viejo. Estaban una al l...

Estamos siendo… Fragmentos de lecturas sobre Onetti

Hojear; pasar las páginas de un libro, hacer una lectura rápida. Leer con rapidez, navegar, surfear por la web de una página a otra con la velocidad del experto que se desliza sobre las mejores olas del océano… Leer… leer una y cien veces, leer… una pasión, un vicio que lleva a buscar con devoción y hasta con desesperación un conocimiento, una revelación o un fragmento de belleza total, mágica que ilumine con la fuerza del fuego en la noche. Los primeros hombres, las primeras mujeres solían reunirse a la luz protectora del fuego. Esos primeros fuegos otorgaron abrigo, calor y sabor a las comidas. Esos fuegos los convocaban a contarse historias, a pasarse la palabra de uno a otro, de otro a otra… Navegando en la web llegué a un texto de Fabián Casas que me hizo buscar un libro de Onetti. El Astillero, Juntacadáveres, Cuentos completos, La otra orilla … No, ese es de Cortázar, Cuando entonces y por fin, al lado de mi último libro –recuerdo cuando los junté soñando un marida...

Utopía (fragmento de una novela en crecimiento...)

Luego de asegurarse que todos sus compañeros habían logrado salir de la encerrona, corrió con todas sus fuerzas hacia la avenida Libertador. Era algo más de cien metros, lo sabía, lo habían planificado. Sin embargo ahora le parecía una distancia infinita. Corría al ritmo de su corazón, corría a más no poder. Había vaciado la mochila contra uno de los autos de la maldita oligarquía asesina de animales pero en la huída la mochila comenzaba a pesarle, a molestarle y pensó en tirarla por ahí, entre los árboles de la plaza. Pero se arrepiente, sabe que si la encuentra la policía está listo, lo agarran en un par de días. Entonces corre, corre y por un instante está a punto de suplicar, de pedirle a Dios que no lo atrapen, que no le exploté el corazón. Pero se controla, intenta calmarse. A sus espaldas ha dejado un pequeño infierno de fuegos, gritos y sirenas policiales que en pocos minutos los portales de los principales diarios titularían con letras catástrofes: Vándalos atacan la Sede d...

Espera

Tomo uno de los lápices de la lata y anoto. Anoto que escribo con un lápiz negro que estaba metido en una lata de conserva. Una lata de arvejas que abrí y gasté ayer. Una lata que escurrí y lavé para poder guardar mis lápices. Los lápices que fueron a compararme al centro y que me trajeron en una bolsa junto con un volumen de cuentos, una antología del cuento policial argentino y un cuaderno naranja, Gloria . Al principio la punta del lápiz raspa la hoja, luego y a medida que avanzo, el trazo se desliza con mayor suavidad, sin perder la firmeza del negro. Siempre escribo con lápiz negro. Voy hasta el baño y me miro en el pequeño espejo clavado en la pared. Estoy más grande. Las batallas se acumulan en la cara, en el cuerpo. Los ojos son un espejo del alma , escuché alguna vez y mi cuerpo se convirtió en un campo de batallas. Mil batallas atravesé. Mil, escribo y circulo una y cien veces la palabra mil hasta romper la hoja. Mil batallas. Aprieto el lápiz y anoto: El ataque...

En San Irineo

Siempre que salía de ahí, la noche se llenaba de luces. Cada vez que íbamos a su departamento de la calle San Irineo, Eva, desempolvaba sus polvitos mágicos y el tiempo se detenía. Le gustaba vestir soleros en primavera, dejaba sus hombros al aire y sumaba flores a las flores. Preparaba café y ponía una y otra vez el unplugged de Nirvana. Después me besaba y nos tumbábamos en su cama de una plaza que daba hacia un ventanal.  Ella me enseñó que el tejido con el que nos cubríamos después del amor se llamaba crochet y que el agua del Pacífico era más fría, pero igual de salada que nuestro sudor… 

Presente (fragmentos de una novela inconclusa)

La parálisis izquierda me recorre parte del cuerpo; desde la cara hasta el brazo. Por momentos es un hormigueo irritante y otras tantas, como un calambre frío. No puedo matear. Parezco un idiota chorreándome y ando por hábito, por costumbre con el mate de un lado a otro, cambiando la yerba, calentando el agua.  Intento tomar. Tampoco puedo fumar. Pero eso es otra cosa, porque ando con el cigarro en la mano, lo enciendo y miro como el humo crece despacio. Es otra cosa. Llegamos a Goya luego de ir subiendo por el Uruguay intentando cruzar para el Brasil. Como la suerte se había vuelto esquiva nos internamos hacia el este buscando cierta calma, guarecernos de la tormenta que habíamos desatado. En eso estábamos cuando el accidente me tumbó del árbol. Desperté un par de horas más tarde sin comprender que había pasado.  Me encontraba en una salita de hospital con una enfermera que no dejaba de preguntarme cómo me sentía. Así estuve un par de días hasta que decidimos que no ...